Bugonia

Yorgos Lanthimos se domestica en Bugonia sin perder del todo su esencia


Puntual a la cita anual que Yorgos Lanthimos viene teniendo con los espectadores desde hace 4 años, llega Bugonia a los cines después de su periplo festivalero por Venecia y San Sebastián.

Y como viene siendo también costumbre vuelve de la mano de Jesse Plemons y su musa Emma Stone con una de sus alocadas premisas: dos primos contagiados hasta el tuétano por bulos y teorías conspiratorias que circulan por internet secuestran a la presidenta de una gran compañía farmacéutica, convencidos de que en realidad se trata de una extraterrestre decidida a destruir el planeta Tierra.

Una premisa loca, como a las que nos tiene acostumbrados el director griego que tan pronto nos ha hablado en sus películas de reinas británicas lesbianas del siglo XVIII como de jovenes feministas revividas que exploran el mundo y su sexualidad libre de prejuicios.

Y es por ello que Bugonia seria una película entretenida y excéntrica si precisamente no estuviese firmada por un Lanthimos menos original y más americanizado y predecible de su carrera.

Y es que para quienes amamos el cine de Yorgos Lanthimos, Bugonia puede sentirse como una especie de fast food del director griego: sacia el apetito de quienes disfrutamos de su estilo, pero sin ofrecer esa complejidad y alocada profundidad a las que nos tiene acostumbrados. Llena, sí, pero no alimenta del todo.

Fotograma de "Bugonia"
Fotograma de "Bugonia"

El resultado: una película que, sin dejar de ser disfrutable, se siente más contenida y menos arriesgada de lo habitual. Lanthimos parece haber optado por una fórmula más accesible y comercial, pero también menos incisiva. Su mirada, siempre mordaz y provocadora, queda limitada a una muy subrayada crítica social a la facilidad con la que interiorizamos lo que vemos en internet, la ausencia de pensamiento crítico y la polarización constante que termina quedándose en la superficie.

Bugonia puede sentirse como una especie de fast food del director griego: sacia el apetito de quienes disfrutamos de su estilo, pero sin ofrecer esa complejidad y alocada profundidad a las que nos tiene acostumbrados

Los delirios visuales y narrativos tan característicos del cine de Lanthimos aparecen, sí, pero lo hacen tarde. Y es que es en los últimos minutos cuando Bugonia recupera parte de ese tono absurdo y desbordado que tanto se echa de menos, ofreciendo un desenlace tan disparatado como divertido que deja al espectador con mejor sabor de boca del esperado. Es ese tramo final el que casi parece recordarnos que Lanthimos sigue ahí, que bajo la superficie aún late el espíritu alocado que lo convirtió en una de las voces más originales del cine actual. Porque si la analizamos en su conjunto, la película peca de falta de humor inteligente, de capas y de la complejidad que antes convertían su cine en una experiencia tan fascinante como desconcertante.

Fotograma de "Bugonia"
Fotograma de "Bugonia"

Emma Stone (quien se rapó el pelo para la occasion) y Jesse Plemons vuelven a cargar con el peso de la película, algo que ya empieza a ser marca de la casa. Y lo hacen, cómo no, con una solvencia impecable. Sin embargo, esa elección reiterada del director por dos actores que ya se han convertido en fetiches de su filmografía le resta al conjunto un necesario factor sorpresa que habría aportado aire nuevo a un guion algo falto de nervio.

Bugonia seria una película entretenida y excéntrica si precisamente no estuviese firmada por Lanthimos

Que son buenos, lo sabemos. También que se mueven como pez en el agua en las complicadas aguas que propone siempre Lanthimos. No en vano, esos mismos guiones le han dado a Emma Stone unOscar por Pobres criaturas y una nominación por La favorita, mientras que a Jesse Plemons le permitieron deslumbrar el año pasado con su triple interpretación en el singular tríptico Kinds of Kindness.

Precisamente por eso, Bugonia no supone para ellos un desafío real. La fórmula sigue funcionando, sí, pero deja la sensación de que tanto los actores como el propio Lanthimos necesitan un respiro y, sobre todo, aire fresco.

Tal vez por eso no nos resulta extraño (incluso en parte agradecemos) que Lanthimos haya anunciado un descanso tras esta película, después de encadenar un estreno anual (y en el último año, incluso dos). Una pausa necesaria para un autor que, pese a su talento y originalidad, parece haber entrado en una zona de confort de la que convendría salir antes de que su universo pierda el elemento más valioso que posee: la sorpresa. Quizá este paréntesis sirva para reencontrarse con el riesgo, la irreverencia y el desconcierto que marcaron sus primeras películas

Bugonia no es una mala ni mucho menos. Pero deja la sensación de un director que ha preferido jugar sobre seguro, entregando una obra más amable, más digerible y, en definitiva, más previsible. También más reconocible, y por eso mismo, menos fascinante.
Una película que puede saber a poco a quienes somos fieles seguidores de Lanthimos, pero que funciona como un buen punto de partida para quienes quieran empezar a adentrarse en el universo de uno de los directores más singulares y sorprendentes del cine actual.

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