La Grazia

Toni Servillo impulsa a Sorrentino hacia su obra más redonda

Por Ainhoa Mela


Justo un año después de que presentase en el festival su anterior película Parthenope, volvemos a tener una nueva cita con Paolo Sorrentino en el mismo lugar. Y ya os avisamos: por primera vez es una de esas citas de las que sales queriendo más, no menos.

Para nuestra desgracia, el director italiano nunca había sido nuestro favorito. Y decimos nuestra desgracia porque no pocas veces hemos intentado amar su filmografía. Admirar, siempre. Amar, casi nunca. La belleza de sus planos, lo estéticamente impecable que es siempre su fotografía, la profundidad —a veces críptica— de algunos de los mensajes de sus guiones… todo eso estaba ahí. Pero salíamos de sus películas con la sensación de haber contemplado algo bonito y, sin embargo, distante. Como si la emoción quedara atrapada entre la belleza formal y la frialdad narrativa.

Y hablamos en pasado porque, por primera vez, podemos decir de una película de Sorrentino que es simplemente: perfecta.

Y eso que la premisa de La Grazia no es excesivamente compleja —como sí lo era la de Parthenope, que en su ambición simbólica acababa por confundir y causar estupor—. Aquí Sorrentino apuesta por una historia mucho más contenida y directa: el retrato íntimo de un presidente italiano en el momento más delicado de su mandato, enfrentado a una decisión política que marcará su legado y a una pérdida personal que lo desarma por completo.

Por primera vez, podemos decir de una película de Sorrentino que es simplemente: perfecta

La Grazia aúna todo lo que el director italiano ha sabido hacer a la perfección: el retrato de una Roma bellísima —majestuosa y decadente al mismo tiempo—, pero esta vez cada plano no solo deslumbra, sino que significa. La amplitud de los salones presidenciales, la frialdad marmórea de los pasillos, la monumentalidad de los espacios oficiales contrastan con la pequeñez emocional de un hombre que se siente cada vez más solo. Los encuadres abiertos subrayan la insignificancia del individuo frente al peso del poder.

En medio de esos espacios, un Toni Servillo reflexivo y solitario sostiene la película con una presencia magnética.

Porque si Sorrentino —su guion y su dirección— es la mitad del éxito de la película, la otra mitad pertenece indiscutiblemente a Toni Servillo. Uno podría pensar: ¿otra vez Servillo? ¿No hay más actores con los que trabajar? Y, sin embargo, cada nueva colaboración confirma que estamos ante uno de los tándems más sólidos del cine europeo contemporáneo. Han trabajado juntos en numerosas ocasiones —desde Il Divo hasta La grande bellezza— y su engranaje creativo es casi perfecto. 

Fotograma de "La Grazia"
Fotograma de "La Grazia"

Aquí, Servillo eleva aún más el gran trabajo de base del director. Su interpretación se construye desde la contención. Desde los silencios. Desde las miradas que pesan más que cualquier discurso institucional. Transmite el sufrimiento en silencio, el peso del poder, la angustia de quien se debate entre la responsabilidad pública y lo que le dicta la conciencia. También el dolor por la pérdida de los seres más queridos y el vacío que dejan en la vida, incluso cuando uno ocupa el cargo más alto del país.

Si Sorrentino —su guion y su dirección— es la mitad del éxito de la película, la otra mitad pertenece indiscutiblemente a Toni Servillo.

Servillo compone un personaje que se resquebraja por dentro mientras mantiene la compostura por fuera. Y esa fisura es la que acerca al espectador a la historia de forma casi íntima.

El trabajo impecable tanto del director como del actor principal contribuye a crear en el espectador la sensación de ser testigo silencioso de un dolor que no le pertenece y que, sin embargo, acaba sintiendo como propio. Nos convierten en observadores privilegiados de una angustia que, aunque se desarrolla en los despachos del poder, habla de algo profundamente humano: la duda, la culpa, la pérdida, el miedo a no estar a la altura.

Sorrentino y Servillo consiguen algo nada sencillo: hacer la política humana. Recordarnos que detrás de los titulares, los discursos y las decisiones de Estado hay personas vulnerables, llenas de contradicciones. Personas que, en ocasiones, se acercan al oficio de la política con la voluntad de hacer del mundo un lugar mejor. Aunque cada vez queden menos de esos. 

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