
Valor sentimental
Joachim Trier construye un retrato íntimo de familia, memoria y reconciliación emocional.
Por Natalia Jañez
Estrenada en Cannes el pasado mes de mayo y muy esperada después de la magnífica La peor persona del mundo, llegaba al Festival la nueva película del cineasta noruego Joachim Trier: Valor Sentimental. Era difícil no pensar en su anterior trabajo, que le valió una nominación al Oscar al mejor guion y consagró a Renate Reinsve, ganadora en ese mismo festival del premio a la mejor interpretación en 2021.
La película parte de una premisa clara y, en apariencia, sencilla: dos hermanas treintañeras afrontan la reciente muerte de su madre cuando reaparece su padre ausente, un reputado director de cine que quiere rodar una nueva película y pretende que una de sus hijas la protagonice. A este triángulo se suma una actriz de Hollywood en busca de reinvención. Con elementos que podrían parecer ya conocidos, Trier consigue levantar un auténtico melodrama sobre secretos familiares, incomunicación, salud mental y ausencias. Todo ello muy ligado a la casa en la que varias generaciones han vivido y que, como el propio título sugiere, concentra buena parte de la memoria emocional del relato. No es casual que la cinta empiece y termine en ella.

La historia arranca con tono ligero, incluso con cierta sorna hacia los entresijos de las producciones cinematográficas. Entre momentos cómicos y situaciones patéticas, la película va virando progresivamente hacia un territorio más sombrío, donde Trier transmite con precisión ese cúmulo de emociones que los personajes arrastran sin saber cómo gestionar. Si hay un aspecto en el que la cinta puede desconcertar es en su estructura narrativa: a ratos uno no sabe muy bien hacia dónde se dirige todo. Sin embargo, cuando parece que las piezas no van a encajar, Trier remata con un final que hace clic y desmonta emocionalmente al espectador.
Valor Sentimental consolida a Joachim Trier como uno de los autores más sensibles del cine contemporáneo
El mayor valor de la película reside en sus interpretaciones. Reinsve compone de forma extraordinaria a una hija marcada por traumas no resueltos, incapaz de amar, sentir o avanzar. Junto a la actriz que interpreta a su hermana, Trier construye una hermosa oda al vínculo fraternal y a la manera en que cada una ha sobrevivido a la ausencia paterna: mientras una ha logrado rehacer su vida, formar una familia y perdonar, la otra permanece atrapada en el dolor. Por su parte, Stellan Skarsgård brilla como el padre ausente, un hombre que busca a sus hijas más por conveniencia que por afecto y que continúa sin asumir sus errores, sin encontrar el valor para pedir perdón. No es casual que su nombre suene en todas las quinielas para el Oscar; habrá que ver si los pronósticos se cumplen.
Lo que sí queda claro es que en Valor Sentimental arte y familia se entrelazan para recordarnos que la ficción puede sanar heridas profundas.
Trier remata con un final que hace clic y desmonta emocionalmente al espectador
Valor Sentimental consolida a Joachim Trier como uno de los autores más sensibles del cine contemporáneo, capaz de encontrar verdad en los vínculos rotos y en las emociones más íntimas. Su película invita a mirar hacia adentro, a reconocer nuestras propias heridas y a comprender que reconciliarnos con el pasado —por difícil que resulte— es a veces el único camino hacia adelante. Una obra que deja poso, que crece con el recuerdo y que demuestra que, cuando el cine se hace desde la honestidad, puede acompañarnos mucho más allá de la sala.
